Tan efímero, tan poco real... cuando comenzaba a sentirlo sobre mi piel, solo pude ver su sombra en busca de luz para poder desaparecer. Y así, en una milésima de segundo me vi obligada a tragar el corazón que antes arrancaba a gritos agonizantes por mi garganta en busca de oxígeno; su bombeo era tan latente entonces, que me hacía sentir que estaba más rojo que nunca. Y luego cayo una gran tormenta, y volví a ser un poco más yo, al menos si me preguntaban quien era, ya tendría algo menos banal que responder.
No tocamos el cielo, pero sabemos que esta ahí, no puede anochecer si antes no amaneció, no podemos morir sin antes haber vivido.
Aprendí a no extrañar, a vivir a la suerte del calendario, a no mirar atrás. Porque un día me enseñaron que era la más afortunada por el simple hecho de estar aquí.
